Capítulo X

HISTORIA DE UN OLVIDO

 

La breve posdata de la carta del Padre Lyonnet envía un mensaje claro a su destinatario: “Dejamos a su prudencia el cuidado de no revelar las circunstancias que parecen hacer más horrorosa esta muerte tan lamentable”. O traducido: no cuente la forma en que murió Andrés Coindre.

 

Esta idea de mantener en secreto las circunstancias del deceso parece haber sido algo acordado por todos los actores que se encontraban en aquel momento, pues la carta del Padre Guillois incluye también una posdata con un mensaje similar:

 

P. S.: Tengo el honor de prevenirle que escribiré al Señor Coindre, su hermano, dentro de dos días, para comunicarle la pérdida que acaba de acaecerle, pero no le hablaré de las deplorables circunstancias que la han acompañado por lo que le pido no hacérselas conocer.

 

Como vemos la intención original es no revelar las circunstancias de la muerte de Andrés ni siquiera a su propio hermano, Francisco Vicente, que también era sacerdote y colaboraba directamente en la obra del Pío Socorro en Lyon. Pienso que mucho menos habrán querido revelárselas a su madre y a su hermana. Pero, ¿qué motivó esta actitud? A primera vista hay un deseo noble de proteger a los familiares y evitarles un dolor extra, pero hay otro motivo, referido abiertamente en la carta de Guillois:

 

¡Ah! Sin duda alguna este trágico fin no nos deja ningún temor sobre su salvación eterna, pero se agrega a nuestro dolor, porque en cierto modo es un motivo de satisfacción para aquéllos que miran con ojos llenos de rabia a la religión, a sus ministros y entre ellos a aquéllos que la sirven con más celo y éxito.

 

Lyonnet ya había apuntado en el mismo sentido: “Esta enorme catástrofe repercutió en Blois y no dudo de que pronto se hable de ella en toda Francia”. Por tanto, no sólo se quiere proteger a la familia Coindre o a sus congregaciones, sino, además, evitar un escándalo y dar armas a los enemigos de la Iglesia. Aunque el propio Guillois escribe que “su salvación eterna no está en duda”, es preferible no darle publicidad al asunto.

 

Entonces, ¿conoció la familia de Andrés la forma real de su muerte?, ¿lo supieron los primeros hermanos? A ciencia cierta no lo sabemos, pero pienso que su hermano y sus congregaciones sí lo habrán llegado a saber de una manera o de otra. El propio hecho de no querer profundizar ni abordar el tema por muchos años es una indicación de ello.

 

En la historia del Instituto publicada por el Hermano Basilien Couderc en 1921 se afirma que “en su delirio el moribundo no hablaba más que de las almas que había que salvar, agitaba su rosario que besaba con unción” y sus últimas palabras habrían sido: “No hay más tiempo que perder, tengo que ir a confesar a ese desgraciado que va a morir en desgracia de Dios”. Aunque el Hermano Basilien no menciona la forma de la muerte de Andrés Coindre, está claro que la conoce y que está intentando brindar una interpretación piadosa. Lamentablemente estas versiones y otras parecidas no son creíbles a la luz de las cartas de Lyonnet y Guillois.

 

Hablando de ellas, ambas cartas fueron conservadas en los archivos de los Misioneros de la Cruz de Jesús, aunque no sabemos bien por qué fueron a parar allí y no a los archivos de la arquidiócesis. Tal vez el Padre Cholleton, luego de leerlas, quiso informar a los compañeros de misiones de Andrés, para quienes era tan querido.

 

Pero el hecho relevante es que, en julio de 1929, el Padre Aubathie, capellán de nuestro colegio San Luis de Lyon (antiguo Pío Socorro) y archivista de los Sacerdotes de San Ireneo (nombre que adoptaron los Misioneros de la Cruz de Jesús), nos hizo una copia de las dos cartas. Gracias a eso, en torno a 1930, el Hermano Basilien escribió una nueva biografía del Padre Andrés Coindre en la que mencionaba dichas cartas y daba numerosos detalles contenidos en las mismas. Lamentablemente este escrito nunca se publicó, hasta que en 1983 se redescubrió el manuscrito y se hizo la primera impresión. En la segunda versión, el Hermano Basilien decía: “Hacia la una y media oyeron un ruido; se dirigieron precipitadamente a la habitación. ¡Desgraciadamente! fue demasiado tarde. El Padre Coindre se había levantado y en la caída había perdido la vida...”.

 

En este período de más de cincuenta años entre que el Hermano Basilien escribió su segunda biografía de Coindre y que fuera publicada, apareció en Roma, en 1972, el libro Superiores Generales (1821-1859), donde el Hermano Stanislas Roux hizo oficial por primera vez el dato de la caída:

 

Hacia la una y media, mientras que sus vigilantes dormitaban, se levantó, abrió la ventana y, antes de que uno de los seminaristas, despertado por el ruido, pudiera retenerle, caía sobre el pavimento del patio interior. Fallecía hacia las dos de la mañana del 30 de mayo de 1826, víctima de un celo al que no había sabido poner límites. Tenía treinta y nueve años.

 

¿Qué quiere decir todo esto? Que debieron pasar 146 años desde la muerte de Andrés Coindre para que se publicara, de una manera muy escueta, cómo había sucedido.

 

Y aun así, no fue sino hasta 1997 que se realizó una recopilación y estudio de todos los testimonios y relatos disponibles sobre la muerte de nuestro fundador; fue en el Anuario Nº 90 del Instituto donde el Hermano Jean-Pierre Ribaut publicó su artículo En torno a la muerte del Padre Andrés Coindre. Se trata de un texto completo, valiente y claro que ha sido indispensable a la hora de escribir estas líneas. En dicho artículo, 170 años después de la muerte del fundador, se dieron a conocer por primera vez, de manera directa y completa, las cartas de Lyonnet y Guillois. Recomiendo a todo aquel que quiera profundizar en este tema su lectura.

 

Debemos pensar que para nuestros primeros hermanos el golpe no fue sólo la pérdida de su fundador y padre, sino que durante los siguientes quince largos años (de 1826 a 1841) la comunidad sufrió un continuo y doloroso declive bajo el gobierno de Francisco Vicente Coindre, hermano de Andrés. Este tema es sumamente interesante, aunque no es este cuaderno el lugar para abordarlo. Gracias a Dios, con la asunción del Hermano Policarpo como tercer superior general (1841-1859) comienza la “época de oro” del Instituto y se retoma la senda del crecimiento. Sólo entonces, veinte años después de la fundación, el Hermano Policarpo encaró la tarea de recopilar todos los escritos de Andrés Coindre y se basó en ellos, parcialmente, para la redacción de nuestras Reglas. Gracias a esa iniciativa hemos podido conservar los documentos que hoy tenemos y que nos han permitido reconstruir su figura.

 

Pero, por otra parte, el legado del Hermano Policarpo fue tan potente que, con el correr de los años, eclipsó al fundador sin que fuera nunca su intención. Además, Hipólito Gondre, a diferencia de Andrés Coindre y de su hermano Francisco Vicente, fue un Hermano del Sagrado Corazón (hizo votos, vivió en comunidad, estudió magisterio, fue un educador…) por lo que pienso que nos resultó muy fácil identificarnos con él y tomarlo como modelo.

 

Creo que las Religiosas de Jesús-María deben haber atravesado un proceso similar: dieron preeminencia a Claudina Thévenet como modelo de vida y santidad, ya que había sido religiosa como ellas y habían gozado de su presencia muchos años, hasta su muerte en 1837. Sin embargo, supieron mantener viva la memoria del Padre Coindre y en sus escritos se referían a ambos como “el Padre fundador” y “la Madre fundadora”. Esto cambió con el inicio de la causa de Claudina en Roma, que llevó a restringir la aplicación de este apelativo sólo a ella. Con su beatificación en 1982 y canonización en 1993 se terminó de consolidar el ensalzamiento de su figura y el retraimiento de la de Andrés.

 

En la mencionada Positio de Claudina Thévenet, publicada en 1981, se recogió una idea sobre la muerte del Padre Coindre que debía ser una tradición oral entre ellas y que debemos considerar:

 

En uno de esos momentos de expansión en los que la humildad y la generosidad se exteriorizaban a pesar de él, se le había oído expresar que había pedido a Dios morir en la humillación.

 

¿Se podría analizar el deplorable accidente, provocado por la fiebre, como la respuesta dada por Dios a la oración de su siervo?

 

Si bien la idea de pedir una muerte humillante podría ser congruente con algunas de las expresiones de Andrés Coindre en sus delirios finales, no se conoce ninguna otra fuente documental que la recoja. Por tanto, debemos entenderla más bien como un intento de explicación piadosa, similar a las otras que hemos visto.

 

Saber que el Padre Coindre ha sido una personalidad casi olvidada por la historia, mientras otros de sus contemporáneos son muy reconocidos, me causa un poco de tristeza. Sin embargo, la Palabra viene una vez más a iluminarnos, pues Jesús dijo a sus discípulos tras un momento de gran éxito misionero: “No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo” (Lc 10, 20).